CUANDO

La historia es así. Todo era diferente entonces ¿sabes?. Aunque había personas que se atrevían a pensarlo. No solo escritores, pintores, dibujantes, gente que hacía películas o música. También gente normal, como tú y como yo.
Al principio muy pocos, y luego cada vez más. Primero nadie les escuchaba, la gente cerraba los ojos.
Al final todo era tan evidente que solo los absolutamente estúpidos, o los que tenían algún interés en ello, se negaban a admitirlo. Pero era demasiado tarde.

Un día una señora mayor que volvía a su casa con una bolsa de la compra, una anciana renqueante que andaba caminando mirando hacia el suelo, levantó la cabeza de repente justo al pasar a mi lado y me preguntó que a que olía. Me miró directamente a los ojos, ansiosa y triste. Y yo no me dí cuenta, le pregunté que si quería que le comprara perfume. Ella bajó de nuevo la cabeza, tras despojarse repentinamente de la ansiedad y quedarse con mas tristeza que antes. Y siguió caminando renqueante.
Meses después caí en la cuenta, rendido a la evidencia. Pero era demasiado tarde. Tenía que haberme dado cuenta antes, antes, mucho antes incluso de que aquella señora me hiciera la pregunta. Ahora ya no había nada que hacer.

Aquel día hacía frío, recuerdo, un frío casi polar que en la calle helaba las partes del cuerpo no cubiertas con prendas de abrigo. Por la mañana había estado con Paul, el pintor checo del que te he hablado muchas veces. Ese hombre…los cuadros de ese hombre eran tan hermosos. No se si te he hablado alguna vez de ellos. De él sí, de él se que te he hablado mucho, de sus cosas, de su manera de vestir y caminar, de sus ojos y de sus manos, de su manera de fumar… De todo eso se que te he hablado. Muchas veces. Pero ¿de sus cuadros?, ¿te he hablado alguna vez de sus cuadros?. No lo recuerdo, quizás lo he olvidado. También lo he olvidado.
Sus cuadros eran… simples. Sus cuadros eran sencillos y simples. Y hermosos. Enormes superficies naturales, extensos paisajes abiertos llenos de misterio donde apenas una, un par de figuras a lo sumo, destacaban. La mayoría de las veces se trataba de algún ser humano pero en algunos cuadros se trataba de animales. Perros, creo recordar.
Al final ya solo pintaba restos de objetos, partes de objetos, aislados en medio del paisaje. Un paisaje no exactamente desértico. Aunque no aparecía vegetación alguna se podía apreciar que eran paisajes húmedos. Allí, en el paisaje, siempre había llovido. Siempre, en casi todos esos paisajes, acababa veladamente de llover. Pero no había ningún vestigio de vegetación alguna. Tan solo esos seres aislados en medio de aquellos lugares después de la lluvia. Y todos esos objetos. A veces una rueda de bicicleta, o un balón, una cesta de ropa blanca dispuesta a ser extendida para secarse en algún hilo o alambre inexistente, quizás fuera del cuadro. Nada más.

Al fondo de la habitación según se veía desde la puerta, siempre se amontonaban sus cuadros, puestos de espaldas, la imagen pintada hacia la pared. Solo era posible contemplar cada vez algunos, la mayor parte de las veces distintos, que estaban vueltos hacia la entrada. En orden, uno al lado del otro, al nivel del suelo. No eran cuadros grandes.
Ya te he hablado de su cordial manera de tratar al visitante, sirviendo un vaso de vino y un cigarrillo liado por el mismo. Siempre desde su silla delante del caballete, sobre la que giraba atentamente para conversas mirando a los ojos de la visita.

Esa mañana nada había sido diferente de las veces anteriores salvo ese detalle insignificante del cuadro a punto de ser terminado. Pero, como siempre, me he dado cuenta tarde, demasiado tarde. Tampoco la perspicacia, quizás la simple atención, estuviera de mi parte ese día. Pasaron a mi lado, de nuevo de largo.
Solo me he dado cuenta mas tarde, recientemente. En el cuadro recién terminado y que el observaba cuando llegué, pero no después, el paisaje era como los que te he descrito, pero no aparecía ser humano u objeto aislado como era habitual. Había en él algo especial que pasó inadvertido a mi percepción, absorta en el vino y el tabaco, en los ojos de Paul, en su conversación. Me gustaría poder volver a ver el cuadro para asegurarme, ver para creer, pero se que no es necesario, ahora se trata de un recuerdo vívido e intenso: en los plieques del suelo de aquel paisaje, se adivinaban, sutilmente las huellas de algo, las arrugas que en la tierra producían las plantas, no demasiadas, ni demasiado ostentosas, que crecían, que estaban creciendo como tubérculos hacía el fondo de la tierra.

Supongo que es normal no haberme dado cuenta entonces, casi nunca hablábamos de sus cuadros, y el no hizo ningún comentario hacia el cuadro que había terminado, casi nunca lo hacía. Así que supongo que yo no me atrevía a fijarme demasiado en el cuadro, sentía que podía resultarle molesto y que los cuadros que ordenaba en el suelo para ser vistos estaban ahí para distraer al visitante de la visión del nuevo cuadro, demasiado nuevo, demasiado inocente todavía.
Así que solo tiempo después el recuerdo me trajo la imagen de ese cuadro, que nunca volví a ver en su estudio. Ni en las últimas visitas en que todo estaba al descubierto y patas arriba.

Cuando salí afuera, después de la amigable charla, acompañada de algunos silencios cómplices y tranquilizadores que siempre formaban también parte de nuestros encuentros, terminaba de llover. Ya sabes que casi siempre era así, te he hablado de ello en muchas ocasiones, de lo mucho que me gustaban las visitas a Paul, por el frescor del aire al salir a la calles.
Como siempre me dirigí a comprar el pan caliente y recién sacado del horno. Siempre lo hacía así desde hacía años. Me gustaba ir a por el pan siempre a la misma hora, la hora en la que el olor del pan recién terminado llenaba la tienda. Recogerlo mientras la dependienta me sonreía simpática desde el calor que ese momento también significaba para ella, por cuya sonrisa parecía que el tiempo, y la vida, no pasaban.

Horas más tardes no había cambiado nada.

Al despertar de la siesta te observé. Miré alrededor y volví a cerrar los ojos.

El viento entonces no era como el de ahora. Entonces podías casi verlo, casi lo olías. A veces se desparramaba a tu alrededor o venía girando y subía hacia arriba.
Era una brisa que según de donde venía tenía un color u otro. En el mar siempre cambiaba de intensidad. Notabas que iba a llegar y todo el mundo lo sabía, e iban al monte a contemplarlo. Cómo se disolvía, hacia un lado y hacia otro, en espirales o como si atravesara un embudo. Había días en que formaba un hilo fresco que te atravesaba por las orejas. Solo tenías que esperarlo quieto si avisaba que venía así. Entonces veías como se deshilachaba desde lejos y jugaba a hacer formas curiosas. Era difícil contener la risa y la emoción. Muchos enamorados surgían en esos momentos. Entonces el color, siempre en tonos leves y delicados, te indicaba si era cálido o fresco. Aunque no hacía falta, el cuerpo notaba pronto la temperatura. Hubo días en que el hilo se condensaba tanto que al final era un líquido acuoso que tardaba en caer hacía abajo. Lo podías ver a lo lejos.

Entonces era otra cosa. ¿Sabes? Cuando puedo acordarme añoro aquel viento. Cuando de repente se desvanecía como pequeños puntos, pequeñas motas o gotas delante de tus ojos. Te hacía llorar, no podías evitarlo y llorabas a gusto.

Tenía sabor también entonces, cuando te rozaba los labios lo notabas, era viento. Solo un momento y el sabor pasaba. ¿A que sabía? Sabía a viento y no se puede explicar. Era sabor a viento. Otra cosa.
A veces cuando puedo acordarme intento escribir como era su sabor, describirlo con palabras. Pero no lo consigo. Incapaz, me siento durante horas y horas delante de la página en blanco y no puedo escribir nada. La página se queda en blanco.
Durante una época intenté obtener algún rasgo de su sabor, mezclando distintas sustancias. Todo lo que puedas imaginar.
Alguna noche la pasé en vela inventando combinaciones extrañas, creyendo que podría obtener algún rasgo de sus sabor, solo alguno, algo que se le pareciera. Pero era inútil. Así que finalmente desistí.

Y sin embargo cuando puedo recordarlo, siento a veces por un instante su sabor. El sabor del viento que se acerca, roza mis dedos y… ¡pluff! …se desvanece.

Un día ocurrió que todos sentimos que el viento se acercaba y salimos a las calles. Caminábamos como siempre atraídos por el anunció de su llegada…esa sensación. Nos mirábamos cómplices mientras pasábamos delante de puertas y ventanas. Casi sonreíamos. Pero no apareció.
Bueno, si apareció, pero solo un momento, y se deshizo tal como había aparecido un momento antes. Paró en seco un poco antes del horizonte y se difuminó, se deshizo en puntos diminutos, en mínimas gotas de viento de él mismo, mientras se reabsorbía a sí mismo un poco antes de desaparecer. Quedó inmóvil un punto diminuto de viento brillante, frente a la fachada de la escuela, subió y bajó rápidamente. Todo ocurrió rápidamente, saltó brillante y desapareció.

Ninguno nos dimos cuenta instantes antes mientras caminábamos expectantes a su encuentro. Sólo años después caí en la cuenta. Mientras caminábamos junto a las puertas y ventanas, por las calles, absortos, no lo vimos. Me dí cuenta más tarde, demasiado tarde, como siempre. Tras aquella ventana, en aquella clase, una niña permaneció sentada frente a la pizarra vacía, sonriente, ajena al barullo leve que producía el movimiento de excitación general del encuentro con el viento. Solo tiempo después lo recordé. Vi esa imagen con toda claridad. Esa imagen y la de la niña asomada a la ventana, frente al punto de viento brillante, saltando a lo lejos, antes de desaparecer. La niña apoyada en el zócalo de la ventana miraba fijamente la mota de viento brillante y sonreía.
Al final, cuando el viento despareció antes casi de aparecer, la niña reía.

Todo fue rápido. Solo demasiado tarde, mucho tiempo después, me di cuenta de la presencia de aquella niña. Allí, ajena al habitual barullo, sentada en la clase, frente a la pizarra. Y luego en aquella ventana, cómplice riendo.

Era una broma, una broma.

Cuando abrí los ojos miré por la ventana. Antes no era así, antes había niebla en enero. Siempre niebla. Por eso salíamos poco de casa en enero. O viajábamos al sur cuando podíamos. Entonces era fantástico, allí en el sur. Todo lleno de árboles repletos de hojas, caminos oscilantes con las piedras girando a lo largo del camino. Eran blandas y suaves al tacto. Al final se hallaba la casa donde descansábamos del viaje. Pasaban a veces varias horas antes de que nos recuperáramos. Aparecía entonces el gato y jugábamos con él. Salíamos fuera a respirar aire fresco entre los árboles y las piedras. Nos tendíamos mirando al cielo. Sus luces. Y en cuanto escuchábamos la música buscábamos el lugar. Allí bailábamos un poco o conversábamos con la gente del lugar. Algunos nos conocían de nuestras visitas anteriores, o a nuestros amigos. Entre risas aparecían anécdotas antiguas, y las historias del tiempo de antes de la separación. Los últimos hallazgos siempre nos sorprendían. Difíciles de explicar. Una vez entre la ceniza habían hallado un extraño objeto. Muchas veces eran extraños objetos. No podría describírtelo con palabras, tendrías que verlo. Como yo lo veo ahora que recuerdo. Pero no, no puede ser. No puede ser descrito. Ya te he dicho, habría que verlo. Pero la sensación sí, si lo que ocurrió. En cuanto los vimos nos sentamos a su alrededor, quietos y absortos durante horas. También los nativos que nos acompañaron. Nos contaron que a todos les ocurría lo mismo. Quedaban absortos durante horas ante eso. Y luego, a la vez, todos a la vez después de unas horas, dejamos de mirarlo y cenamos. Apenas pudimos conversar aquella noche. Luego nos acostamos.

Al día siguiente, al despertar, te conocí.

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